¿Cómo hablar a los niños para aumentar su vocabulario?

Niño con palabras

Aprender vocabulario es de vital importancia para los niños, ya que contribuye a su desarrollo cognitivo y socio-emocional y facilita la adquisición posterior de la lectura. De hecho, uno de los mejores predictores de la habilidad de un niño para aprender a leer y rendir adecuadamente en el colegio es la cantidad de vocabulario que posee en el momento de entrar en la escuela infantil (Rowe, 2012).

Para cuando los niños comienzan el colegio, la cantidad de vocabulario que poseen varía notablemente de unos a otros (Cartmill y cols., 2013). Si bien es cierto que la genética juega aquí un papel importante, existe evidencia abundante sobre el peso que tiene el ambiente en la cantidad de vocabulario que usan los niños, la complejidad de las estructuras que emplean y la habilidad que tienen para comunicarse (Hoff, 2006). Aunque son muchos los factores ambientales que están detrás del desarrollo del lenguaje de los pequeños (para una revisión, ver Hoff, 2006), en esta ocasión me centraré en el papel de los progenitores ya que ellos son la fuente primaria de experiencia con el lenguaje para la mayoría de los niños. Para ello, me voy a apoyar en un trabajo publicado recientemente por Rowe y Zuckerman (2016) y lo complementaré con otros estudios que abordan este mismo tema.

Para comenzar, conviene subrayar que es muy importante que los progenitores adopten una forma de hablar a los pequeños que fomente el aprendizaje de nuevas palabras. En este sentido, no se trata solo de aumentar la cantidad de palabras sino de cuidar la secuenciación y calidad de las mismas. A modo de ilustración, un estudio que siguió de cerca a niños de origen socio-económico alto y bajo desde los 9 meses hasta los 3 años de edad mostró cómo los progenitores del segundo grupo de niños (1) oían menos palabras nuevas, (2) recibían más órdenes, (3) oían menos preguntas y menos turnos de palabra y (4) recibían menos respuestas a sus manifestaciones. Como resultado, para cuando habían cumplido los 3 años, los niños provenientes de familias con ingresos bajos habían escuchado 30 millones de palabras menos y poseían menos de la mitad de vocabulario que sus iguales provenientes de familias con ingresos altos (1Hart & Risley, 1995).

Dicho esto, ¿qué características ha de tener la comunicación con los niños? Rowe y Zuckerman (2016) nos ofrecen las siguientes pautas:

De 0 a 6 meses

En los primeros meses de vida del niño, la forma más efectiva de comunicación de los progenitores con el pequeño se caracteriza por exagerar los sonidos y las expresiones faciales para captar su atención. Específicamente, esta comunicación se caracteriza por hablar más despacio, alargar el sonido de las vocales, usar una gama amplia de tonalidades, abrir los párpados y suavizar el rostro. Esta forma de hablar al niño, junto con la capacidad de respuesta a sus manifestaciones, son claves para atraer a los pequeños. De la misma forma, responder de forma contingente a sus gruñidos o balbuceos enseña a los niños cómo hacer turnos de palabras durante su interacción con otras personas, lo que asienta las bases para el aprendizaje del lenguaje. A esto también contribuye el hecho de que la comunicación sea afectuosa y placentera para los interlocutores. Más allá de oír nuevas palabras, la interacción social es clave para que los niños adquieran vocabulario.

De 6 a 18 meses

El vocabulario receptivo de los niños aumenta enormemente entre los 6 y los 18 meses. A esta edad, su lenguaje receptivo precede a su lenguaje expresivo en unos 6 meses. Así, los niños pueden señalar su nariz unos 6 meses antes de que puedan decir la palabra “nariz”. Asimismo, los niños aprenden mejor a partir de conversaciones apoyadas en el presente y centradas en articular la atención entre el cuidador y un objeto que esté dentro de su campo visual o bien imágenes vivas de objetos, personas o animales contenidos en cuentos ilustrados (véase el último apartado). Además, los niños aprenden mejor una palabra cuando se presenta de forma repetida y durante interacciones atractivas para ellos. Los gestos y el señalar con el dedo son también elementos muy importantes en estas edades. Señalar con el dedo es el gesto más común e importante porque, en ausencia de lenguaje, permite al niño indicar qué quiere y a los padres facilitarle el nombre del objeto en cuestión. Por último, en esta fase inicial de adquisición del vocabulario, parece que la cantidad de palabras que dedican los progenitores a los pequeños juega un papel relevante, en tanto que facilita a los niños  múltiples exposiciones a un amplio vocabulario.

De 18 a 36 meses

Durante los meses en los que los niños comienzan a caminar, y a medida que sus habilidades cognitivas y verbales se desarrollan, los progenitores pueden ofrecer a los pequeños conversaciones más exigentes. En este sentido, el uso de vocabulario y temas de conversación que susciten el habla en el niño es muy útil. Por ejemplo, formularle preguntas del tipo “qué”, “quién” o “por qué” ayuda al niño a adquirir un vocabulario más amplio y a desarrollar habilidades de razonamiento. El siguiente paso consistirá en incrementar las conversaciones basadas en los turnos de palabra. Sobre esto último, conviene subrayar que, en torno a los 30 meses, la diversidad y sofisticación de las palabras, así como el uso de los turnos de palabra, tienen un mayor peso que la cantidad a la hora de adquirir vocabulario. Una razón que explica este cambio con respecto al tramo anterior es que los niños de esta edad han recibido una mayor exposición a palabras comunes, tienen ya una base de vocabulario y, por tanto, están preparados para aprender palabras más difíciles y sofisticadas (Rowe, 2012).

Más allá de los 36 meses

A esta edad, tanto el uso descontextualizado del lenguaje (más allá del aquí el ahora) como la introducción de vocabulario menos frecuente han mostrado ser predictores del vocabulario y comprensión lectora futuros del niño (Rowe, 2012). Además, las conversaciones sobre hechos pasados o futuros favorecen el vocabulario y otras habilidades cognitivas relacionadas con la alfabetización. A su vez, promover en el niño la habilidad de narrar mediante el uso de palabras que cuentan una historia, con un principio, un nudo y un desenlace, es un prerrequisito para la adquisición de la lectura y la capacidad de conversar. Por último, el empleo de preguntas más difíciles del tipo “cómo” o “por qué” favorecen que el niño comience a razonar sobre el mundo y lo mismo sucede al responder a sus preguntas con explicaciones claras que además contribuyen a que el pequeño adquiera nuevos aprendizajes.

En suma, las familias pueden impulsar la adquisición de vocabulario de sus hijos en diferentes momentos de su desarrollo ofreciéndoles la exposición a diferentes tipos de diálogo. Estas indicaciones no deben tomarse en el mal sentido y traducirse en la necesidad de hablar todo el tiempo a los hijos o de usar un número determinado de palabras al día. Más bien, deben interpretarse como la conveniencia de encontrar tiempos aunque sean breves pero de calidad para mantener interacciones afectuosas con los niños.

*Sobre los cuentos ilustrados

En ocasiones anteriores, he hablado sobre los beneficios que tiene hacer lecturas compartidas con los niños. Además de favorecer las relaciones padre-hijo, despertar el gusto por la lectura, mejorar la decodificación de palabras o  promover la comprensión lectora, leer a los niños es una manera fácil y eficaz de aumentar su vocabulario. Una de las razones que explican este hecho es que el habla de los progenitores mientras hacen lecturas compartidas con sus hijos adquiere una sintaxis más compleja y un vocabulario más rico que su habla en otros contextos (Hoff-Ginsberg, 1991). Tanto es así que incorporar las lecturas compartidas a la rutina diaria puede llegar a eliminar las diferencias que se producen en el desarrollo del lenguaje entre niños de familias con nivel socio-económico alto y bajo (Weizman & Snow, 2001).

1 Hart y Risley (1995), citado en Rowe y Zuckerman (2016).

Referencias

Cartmill, E. A., Armstrong, B. F., Gleitman, L. R., Goldin-Meadow, S., Medina, T. N., & Trueswell, J. C. (2013). Quality of early parent input predicts child vocabulary 3 years later. Proceedings of the National Academy of Sciences, USA, 110, 11278–11283.

Hart B., & Risley T. (1995). Meaningful Differences in the Everyday Experience of Young American Children. Baltimore, MD: Brookes.

Hoff, E. (2006). How social contexts support and shape language development. Developmental Review, 26, 55–88.

Hoff-Ginsberg, E. (1991). Mother–child conversation in different social classes and communicative settings. Child Development, 62, 782–796.

Rowe, M. L. (2012). A longitudinal investigation of the role of quantity and quality of child-directed speech in vocabulary development. Child Development, 83, 1762–1774.

Rowe, M. L., & Zuckerman, B. (2016). Word Gap Redux. Developmental Sequence and Quality. Jama Pediatrics. Bajado de http://archpedi.jamanetwork.com/article.aspx?articleid=2531459

Weizman, Z. O., & Snow, C. E. (2001). Lexical input as related to children´s vocabulary acquisition: effects of sophisticated exposure and support for meaning. Developmental Psychology, 37, 265-279.

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