Algunas aplicaciones de la neurociencia en la educación

Hace unas semanas tuve la suerte de compartir un rato muy agradable con dos profesores de la Universidad de Barcelona que investigan sobre neurociencia. Consciente de mi escaso conocimiento en esta materia, les pedí que me aconsejaran sobre algún equipo de investigación, material o lo que fuera (es lo que tiene la ignorancia) que me pudieran servir de guía para separar el grano del trigo en un ámbito que se está poniendo muy de moda últimamente: la neurociencia aplicada a la educación. Su primera reacción fue fruncir el ceño, la segunda fue decirme que cualquier puente entre la primera disciplina y la segunda es aún muy enclenque y la tercera fue recomendarme algunos artículos científicos publicados en revistas de enjundia como Nature Neuroscience o Neuron. El objetivo de este post es comentar uno de estos trabajos. Fue publicado el año pasado por la revista Nature Neuroscience y su título traducido al castellano es algo así como Neurociencia y educación: El momento idóneo para construir el puente. Para evitar alargarme demasiado, he optado por hacer una selección y resumen de las cuestiones que me han parecido más valiosas para los profesionales de la educación y las familias.

La investigación en neurociencia ha confirmado la importancia que tiene en el aprendizaje comer y dormir bien, así como hacer ejercicio. Por una parte, los estudiantes necesitan de una dieta rica para poder consolidar el aprendizaje a medio y largo plazo. Debemos tener claro que, independientemente de los  métodos que se empleen en el aula, una nutrición inadecuada dificultará el aprendizaje de los alumnos. En este sentido, las familias han de tomarse en serio que sus hijos tomen un buen desayuno antes de comenzar la jornada escolar. Por otra parte, los estudiantes necesitan del descanso para consolidar, reestructurar, generalizar y recordar aprendizajes almacenados en la memoria. En esta línea, nuestra querida siesta puede desempeñar una labor importante en el aprendizaje de los niños y adolescentes. Por último, existe evidencia de que el ejercicio aeróbico, acompañado de un contexto rico, beneficia a las habilidades cognitivas en general (ojo, no confundir con lo que promulgan los defensores de los programas perceptivos-motores).

Hoy en día sabemos también que una reducción importante en la atención, afecto y estimulación que damos a los niños puede conducir a que éstos experimenten deficiencias severas  en su desarrollo cognitivo y cerebral. Ahora bien, todo apunta a que aumentar la estimulación normal que damos a los pequeños en casa y en el colegio no conduce a beneficios de ningún tipo. Esta información es importante ya que muchos programas comerciales dirigidos a  niños de entre 0 y 6 años defienden justamente lo contrario.

La neurociencia también ha ayudado a demostrar que los niños no son una tabula rasa al nacer. Sabemos por ejemplo que, antes de comenzar a hablar, los pequeños muestran ya una forma rudimentaria de lenguaje. Conociendo este dato, los padres puede motivar a sus hijos a hablar más (jugando con ellos, leyéndoles cuentos…)  y contribuir así a su desarrollo del lenguaje de la misma forma que les tienden la mano cuando reconocen su intención de echar a andar.

La neurociencia, junto con la psicología cognitiva, ha permitido avanzar en el debate que existe sobre si exponer a los niños a varias lenguas los confunde o, por el contrario, los estimula. Ahora sabemos, por ejemplo,  que las etapas de adquisición del lenguaje en niños monolingües y bilingües son las mismas. También sabemos que unos y otros muestran ventajas e inconvenientes. Por ejemplo, mientras los niños bilingües parecen mostrar ventaja en funciones ejecutivas presentes en tareas que requieren la inhibición de la atención, supervisión  y control cognitivo, los niños monolingües parecen mostrar un mayor vocabulario y una mejor fluidez.  A pesar de que la investigación en esta materia ha aumentado en los últimos años, los expertos advierten de que aún no hay suficiente evidencia para determinar si el bilingüismo es o no una alternativa mejor al monolingüismo en el rendimiento académico de los alumnos.

Por último, la neurociencia se suma a la investigación hecha desde la psicolingüística sobre qué ocurre mientras leemos y, en base a ello, sobre qué método es el más adecuado a la hora de enseñar a leer a un niño. En este sentido, la neurociencia confirma que el mejor método es el sintético o alfabético. Este método se caracteriza por enseñar de forma explícita la relación que existe entre las letras y los sonidos que éstas representan. Curiosamente, son varios los programas que afirman apoyarse en la neurociencia para defender un método bien distinto, el analítico o global, que no enseña esta relación letra-sonido sino que enseña a leer a partir de palabras completas (véase, el método Doman).

Para terminar, este artículo sugiere cinco recomendaciones sobre cómo mejorar el diálogo entre la neurociencia y la educación. Las resumo a continuación:

  1. La neurociencia educativa debe definir los aspectos prácticos y éticos a la hora de relacionar la biología del aprendizaje y la memoria con la educación formal, poniendo cuidado en las recomendaciones que da sobre qué, cómo, cuándo y dónde la neurociencia puede ser relevante para la educación.
  2. Es necesario que los neurocientíficos realicen más estudios de campo para examinar la validez de sus teorías en las aulas. De esta forma, será posible prevenir a los docentes, directores y autoridades educativas (que no son expertos en neurociencia) de seleccionar de forma arbitraria solamente aquellos conceptos útiles para sus propósitos de entre el vasto y heterogéneo conjunto de hallazgos empíricos existentes.
  3. La educación debiera ser una fuente de inspiración para la neurociencia. En concreto, la neurociencia educativa debiera hacerse eco de los conocimientos del profesorado para diseñar estudios experimentales más ecológicos que sirvan a los investigadores para comprender la práctica docente y cómo el aula puede servir de objeto de experimentación.
  4. Las facultades de educación debieran incluir en sus programas formación en conceptos básicos sobre el cerebro para proveer a los futuros docentes de una herramienta científica que les permita combatir los mitos y prejuicios en esta materia.
  5. Una inversión de futuro sería promover la formación de una nueva generación de estudiantes que se encarguen de avanzar en la investigación sobre la relación entre educación, cerebro y cognición.

La neurociencia, como cualquier otra rama del saber, seguirá avanzando con el paso de los años y, fruto de este progreso, muy probablemente hará puntualizaciones, correcciones y añadiduras a lo dicho hasta ahora sobre su aplicación en el ámbito educativo. Incluso puede que su contribución a la práctica educativa no vaya nunca más allá de lo que ya nos dice la psicología. Así funciona la ciencia. Ahora bien, no pretendamos ir más rápido que ella. No intentemos crear puentes entre la neurociencia y la educación que los expertos en la materia (equipos de investigación que dedican horas y horas de su vida a ello y publican sus hallazgos en revistas científicas revisadas por pares) no han tendido. No pretendamos basar nuestros métodos de enseñanza en hallazgos inexistentes. Y, por último, estemos ojo avizor para cualquiera que se lucre con ello.

Referencias

Sigman, M., Peña, M., Goldin, A. P., & Ribeiro, S. (2014). Neuroscience and Education: prime time to build the bridge. Nature Neurocience, 17, 497-502.

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3 pensamientos en “Algunas aplicaciones de la neurociencia en la educación

    • Muchas gracias por tu comentario y por el enlace que facilitas. Sin duda, la neuroeducación se está convirtiendo en un negocio redondo para algunos.

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